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domingo, 12 de junio de 2011

Diario vaticano resalta ejemplo de diputado que juró ante crucifijo en Valencia

Diario vaticano resalta ejemplo de diputado que juró ante crucifijo en Valencia


ROMA, 11 Jun. 11 (ACI).- El diario vaticano L'Osservatore Romano resaltó en su edición dominical el ejemplo del diputado católico Juan Cotino, que para su juramento al iniciar sus funciones al frente del Parlamento de la Comunidad de Valencia (España), solicitó se colocara un pequeño crucifijo como expresión de que la fe no puede silenciarse en la vida pública.

El 9 de junio y antes de su juramento como Presidente de la Nueva Cámara de Valencia elegida el 22 de mayo, Cotino solicitó un crucifijo para colocarlo junto a la Constitución y la Biblia. Como no había uno llevó uno pequeño de su propio despacho.

Haber colocado este símbolo religioso cristiano le ha valido la crítica de algunos parlamentarios de izquierda, sectores de la prensa como los diarios El País y El Plural, y algunos grupos en Valencia.

Pero el sacerdote José María Gil Tamayo, miembro del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales señala en el artículo publicado por LOR que lo hecho por Cotino "ha sido un elocuente y valiente gesto público de manifestación de las propias convicciones religiosas, que el parlamentario no ha querido esconder al momento de ejercer su nueva misión de representación política".

martes, 31 de mayo de 2011

Laicos católicos deben participar en política sin sucumbir a sed de poder, dice el Papa

Laicos católicos deben participar en política sin sucumbir a sed de poder, dice el Papa


VATICANO, 26 May. 11 (ACI/EWTN Noticias).- El Papa Benedicto XVI señaló esta tarde que los laicos católicos deben participar, en primera persona, en la vida pública y política para ofrecer su necesaria contribución a la sociedad, formados a partir de la Doctrina Social de la Iglesia que los purifique de la "sed de poder".

Así lo indicó el Papa en su discurso luego de presidir el rezo del Rosario con los obispos italianos en ocasión del 150° aniversario de la unidad del país, en el que se meditó los misterios luminosos instituidos por el Beato Juan Pablo II.

El Santo Padre dijo también a los obispos: "no dudéis en estimular a los fieles laicos a vencer todo espíritu de cerrazón, distracción e indiferencia y a participar en primera persona en la vida pública".

A los prelados que celebran su asamblea plenaria desde el lunes, el Papa alentó a "animar las iniciativas de formación inspiradas en la Doctrina Social de la Iglesia, para quien está llamado a la responsabilidad política y administrativa no sea víctima de la tentación de explotar la propia posición para intereses personales o sed de poder".

lunes, 7 de febrero de 2011

La Colaboración entre Católicos y No Creyentes

La Colaboración entre Católicos y No Creyentes
Stefano Fontana


Conversación con monseñor Giampaolo Crepaldi, arzobispo de Trieste


TRIESTE, jueves 3 de febrero de 2011 (ZENIT.-org).- En el mundo de hoy hay una gran discusión entre laicos y creyentes, Estado e Iglesia, religión y secularización. Y no se trata solamente de las intervenciones eclesiásticas en lo referente a las políticas que regulan el Estado y la sociedad civil.

El tema de la relación entre el laicismo y la religión se ha vuelto más peliagudo, sobre todo cuando se habla de la amenaza del fundamentalismo islámico que no reconoce ninguna diferencia entre ambas.

Para profundizar en el tema, ZENIT entrevistó a monseñor Giampaolo Crepaldi, arzobispo de Trieste, presidente de la Comisión “Caritas in Veritate”, del Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas (CCEE) y Presidente del Observatorio Internacional “Cardenal Van Thuan” sobre la Doctrina Social de la Iglesia.


- Excelencia, antes que nada, ¿qué quiere decir para usted el término “laico”?

Monseñor Crepaldi: Me parece que hoy en día esta palabra tiene cuatro significados. El primero es “no sacerdote” y “no religioso”. Quien no es sacerdote ni pertenece a una congregación de monjes, frailes o religiosas es laico. Mi madre y mi padre eran laicos.

En segundo lugar, se puede llamar laico a quien piensa que el ámbito político es autónomo de la religión, pero que al mismo tiempo pueda valerse de los recursos espirituales y morales de la religión, incluso que sienta necesidad de ellos, de otro modo la misma política se transformaría en una absoluto religioso.

Un tercer significado de laico se refiere a quien vive y razona sin tener en cuenta la religión, expresado con otras palabras sería indiferencia hacia la religión.

Y por último, hoy laico también puede significar anti-religioso, es decir que combate la religión, no la deja expresarse, no le da cabida en el espacio público.


- ¿Podría establecer una jerarquía entre estos significados? Según su opinión ¿cuál es el verdadero laicismo?

Monseñor Crepaldi: La primera definición no es un problema para nadie. Entre las otras tres quisiera decir que la más correcta es la primera (lo que equivale a la segunda del elenco mencionado), mientras que la segunda y la tercera son incorrectas, antes que nada desde el punto del laicismo. O sea que son formas de laicismo poco laicas.


- Entiendo que usted diga que quien combate la religión es poco laico, pero quien no la tiene en cuenta y es indiferente ¿no sería un auténtico laico?

Monseñor Crepaldi: Ya hay una exclusión de Dios en el ámbito público. Aunque si no la combato abiertamente, si afirmo que la organización de la sociedad no debe tener en cuenta mínimamente la dimensión religiosa sino que debe serle indiferente y por ejemplo, que es necesario quitar los símbolos religiosos, apostar por una instrucción escolástica que prescinda totalmente de la religión, que el obispo no puede manifestarse públicamente y que los católicos no pueden ejercer su presencia explícita en la sociedad o cosas de este tipo... digo que soy indiferente pero en realidad he hecho una elección basada en la exclusión.


- Por tanto, ¿no es posible no tomar una posición concreta respecto al problema de Dios?

Monseñor Crepaldi: No es posible. Y el laicismo que dice hacerlo posible es un engaño. El laicismo es el ejercicio de la razón y no del engaño. Se puede construir un mundo basado en Dios o no basado en Dios. No hay posibilidad para una tercera posibilidad. Basar un mundo en Dios, no quiere decir ser un integralista, significa reconocer la autonomía de las cosas humanas, pero verlas dentro de sus límites, y por tanto en su necesidad estructural de un suplemento de recursos para poder ser ellas mismas. Por este motivo un mundo sin Dios no significa crear un mundo neutral.


- Además hoy se dice que la cuestión de Dios viene después para quien se lo quiere plantear. Usted sin embargo dice está en primer lugar, en cuanto que es una cuestión que nadie puede eludir.

Monseñor Crepaldi: La cuestión de Dios es anterior a todas las demás y no existe nadie que no se la plantee. Esto sucede porque cuando conocemos la realidad, la encontramos enseguida necesitada de un fundamento, o sea que es incapaz de explicarse completamente por sí misma.

En esta percepción ya existe la idea, aunque muy general, de Dios, que nos acompaña para siempre. La idea de Dios no se une, por tanto, cuando ya hemos elaborado todas las demás.

El laico es aquel que usa la razón para organizar la propia vida, pero no para absolutizar la razón y que constituya su prisión, sino que mantiene abierta la pregunta, permanece disponible a un suplemento de sentido que la razón por sí misma no puede dar, pero al que nos remite, ya que en ella percibe una necesidad de estar completa que por sí misma no se puede dar.


- En este sentido entonces sólo es laico el que se mantiene abierto a Dios.

Monseñor Crepaldi: Creo que es exactamente así, y le daré dos ejemplos: El presidente francés Sarcozy, en su famosa intervención en San Juan de Letrán hace algún año, usó la expresión “laicismo positivo”. Quería expresar con este término una actitud positiva de apertura con respecto a la religión. El Papa Benedicto XVI demostró que apreciaba esta expresión y la empleó en su viaje a Francia hace dos años.

El segundo ejemplo es el siguiente: Joseph Ratzinger, en un discurso famoso que realizó cuando todavía era cardenal, invitó a los laicos a “vivir como si Dios existiese”. He aquí de nuevo el tema del laicismo positivo. Sería verdaderamente poco laico eliminar la duda: ¿y si Dios existe?. El creyente, cuya fe no está exenta de cierta incredulidad, pide al laico la misma honestidad intelectual, que también viva él con la duda laica: ¿estamos seguros de que Dios no existe?.


- ¿Y si el laico no lo hace?

Monseñor Crepaldi: Creo que entonces no es laico. Se convertiría en un dogmático y se dejaría llevar por un disgusto intolerante hacia la religión que lo haría incapaz de ver con objetividad su significado, la cambiaría por una superstición cialtronesca. De hecho la combatiría, naturalmente en nombre del laicismo, que se convertiría en la nueva religión de la antirreligión. Hoy hay muchos de ellos, son los laicos intolerantes.


- En una carta a los niños de su diócesis para la fiesta de San Nicolás, usted había afirmado, entre otras cosas, que los niños que viven en una familia en la que los padres están casados son afortunados. Por esto ha sido criticado por discriminar sea a los niños o a las familias. ¿Lo considera un ejemplo de laicismo intolerante?

Monseñor Crepaldi: El laicismo tolerante es aquel que permite a la Iglesia expresarse según su lógica y no decir cosas que corresponden a otras formas de pensar. La fe cristiana dice que el matrimonio no es sólo un contrato explícito o implícito, sino que es la construcción sacramental de una realidad nueva, que vivirá en la medida en que acepte ser vivificada por el Señor.

Esto no contradice al hecho de que, por desgracia, tantos matrimonios celebrados por la Iglesia humanamente fracasan; ni obliga a equiparar a todos los tipos de “familia”. No creo que sea tolerante criticar al obispo que dice que el verdadero modelo de familia es el cristiano, propuesto por Dios mismo en la Sagrada Familia de Nazareth vivido y enseñado por el Señor Jesús. Ni se puede impedir la afirmación de que nacer en una familia así, en la que el amor de los cónyuges tiene la impronta del amor de Dios por nosotros y de nosotros hacia Dios, sea una gran fortuna. Añado a este tema algo más, que esto debería ser considerado un derecho para todos los niños. Quien lo ha experimentado sabe que es una gran suerte. Decir que en este sentido el obispo hace una discriminación es ridículo: el amor de la Iglesia es para todos, pero no la exime de decir como están las cosas.


- Trieste está orgullosa de su tradición laica. ¿Hace bien?

Monseñor Crepaldi: Hace bien porque su laicismo es apertura a la convivencia, aceptación recíproca, diálogo amistoso y sin prejuicios, con ausencia de formas fundamentalistas. Pero se equivoca cuando alguna persona da a este laicismo otro significado: que la Verdad no existe, que la Iglesia no debe anunciar a Jesucristo como Verdad y Vida, que la Iglesia no debe evangelizar ni rezar para que las conversiones aumenten, cuando critica al anuncio llamándolo proselitismo. O también se equivoca cuando se le quiere poner al obispo una mordaza, o peor cuando le obliga a decir algo que todo el mundo quisiera oír, es decir lo que a todo el mundo le parece bien. No todo está bien: en la actualidad se han establecido formas de familia que no son un verdadero bien para los niños y que les hace sufrir, llevándoles de un lado a otro y cargando sus pobres espaldas con las irresponsabilidades de los adultos. No es verdadero laicismo el que prohíbe al obispo decir estas cosas.

La Iglesia pide obediencia a sus propios fieles, no a todos los hombres. A los demás la Iglesia pide respeto, considerando que desempeña un servicio para la humanidad, y que recupera valores morales y espirituales para el bien de la sociedad. Pedir respeto no es pedir privilegios. Por que nada ni nadie puede quitarle a la Iglesia su “pretensión”.


- ¿Qué pretensión?

Monseñor Crepaldi: La pretensión de tener la respuesta a las verdaderas necesidades del hombre. El laicismo debe respetar sobre todo esto: que la Iglesia tenga la posibilidad de proclamar totalmente su mensaje de salvación, que se refiere a la vida humana entera, pensando que de esta manera, se realiza un servicio a la persona humana. Por eso no se acepta mi crítica de que vivir en una familia cristiana vivificada por Cristo mismo y por su Espíritu es una gran fortuna, no se acepta que la Iglesia con su mensaje pueda hacer la vida más humana. La Iglesia nunca podrá aceptar esta intolerancia hacia ella.



[Traducido del italiano por Carmen Álvarez]



miércoles, 2 de febrero de 2011

Emotiva procesión en honor del patrono de los pescadores

Emotiva procesión en honor del patrono de los pescadores


Mar del Plata (Buenos Aires), 1 Feb. 11 (AICA).- Numerosos fieles y turistas participaron este domingo de la tradicional procesión con la imagen de San Salvador, patrono de los pescadores, que por última vez presidió monseñor Juan Alberto Puiggari, administrador apostólico de Mar del Plata próximo a asumir como arzobispo de Paraná.

"Siempre hay un poco de nostalgia, más en una fiesta tan linda como ésta. Pero me llevo el recuerdo de la fe maravillosa de la gente del puerto y de toda la comunidad de Mar del Plata", dijo a la prensa.

El prelado bendijo a la comunidad portuaria marplatense y auguró un año de trabajo y prosperidad para el Puerto de Mar del Plata.

miércoles, 26 de enero de 2011

El Político Católico, Laicismo y Cristianismo - Mons. Giampaolo Crepaldi

El Político Católico, Laicismo y Cristianismo
Monseñor Giampaolo Crepaldi *


ROMA, martes 25 de enero de 2011 (ZENIT.org).- [...] Hoy se tiende a considerar el laicismo como neutralidad del espacio público respecto de los absolutos religiosos. Un espacio en el que los absolutos religiosos no deberían intervenir por dos motivos: el primero, porque en una democracia no habría sitio para los absolutos; en segundo lugar porque los absolutos religiosos serían irracionales, mientas que el espacio público se debería alimentar de un discurso racional. Sucede que este espacio permanecería desnudo y en este desnudo se crearía sitio para nuevos absolutos enemigos del hombre, para nuevos dioses.

Pero examinemos antes que nada los dos principios vistos hasta ahora: ¿la democracia es incompatible con los principios absolutos?. ¿La religión es irracional?. No es verdad que la democracia presuponga el relativismo moral y religioso como no es verdad que los principios absolutos sean por fuerza violentos y opresivos. Sin embargo se podría decir lo contrario. La falta de referentes absolutos genera una lucha de todos contra todos donde tiene razón quien es más fuerte. También la democracia se arriesga a reducirse a la fuerza de la mayoría. Por ésto existe la necesidad de que los ciudadanos crean en principios absolutos, como por ejemplo la dignidad de cada persona humana, la libertad, la justicia y demás. Por otro lado la democracia se convierte en sólo un procedimiento, pero éstos se pueden cambiar fácilmente si no están llenas de la sustancia.

La sustancia de la democracia no es el procedimiento, sino que es la dignidad de la persona que se debería considerar un valor absoluto. ¿Y cómo se puede considerar un valor absoluto si no se basa en Dios?. Como bien había observado Tocqueville con respecto a la joven democracia americana, la religión está estrechamente conectada con la libertad, y la libertad puede disminuir incluso en los regímenes democráticos.

Pasamos al segundo punto: ¿la religión es irracional?. No hay duda de que existen formas de religión irracionales total o parcialmente. Pero el cristianismo no lo es.

Existen las religiones del mito, que entienden la divinidad como una unión de fuerzas oscuras e indescifrables, arbitrarias y extrañas, que la religión busca hacerse aliadas. Están también las religiones del Logos, como la judío-cristiana, que cree en un Dios que es Verdad y Amor.

Esta religión es razonable, no contradice ninguna verdad racional, sino que incluso se vincula a ellas complementándolas y no exige al hombre la renuncia de todo aquello que lo hace verdaderamente hombre, para ser cristiano. No es por tanto aceptable la idea de que la religión, sea cual sea, es, por su naturaleza, irracional, seguro que esto no vale para el cristianismo. No obstante esto, muchos entienden el laicismo como neutralidad, como una expulsión de la religión del espacio público. La idea de quitar la festividad de la navidad, de impedir que se expongan símbolos religiosos en espacios públicos, de ejercer de misioneros, o sea de hacer pública a otros la propia fe porque sería un atentado a la libertad de religión y demás, son algunas expresiones de esta idea de laicismo como espacio neutro, querida sobre todo por el modelo francés. En estos casos no se demuestra absolutamente la mencionada neutralidad.

Una pared sin un crucifijo no es neutro, es una pared sin crucifijo. Un espacio público sin Dios no es neutro, sino que no tiene a Dios. El estado que impide a toda religión manifestarse en público, quizás con la excusa de defender la libertad de religión, no es neutro en cuanto que se posiciona de parte del laicismo o del ateísmo y se toma la responsabilidad de relegar a la religión al ámbito privado. En muchos casos nace la religión del estado, la religión de la antirreligión.

Entre la presencia o la ausencia de Dios en el espacio público no hay término medio, no existen posiciones neutrales. Eliminar a Dios del espacio público significa construir un mundo sin Dios. Cualquiera distingue entre laicismo fuerte y débil. El primero se limitaría a admitir en el espacio público todas las opciones, comprendida la no religiosa; la segunda admite también formas de oposición a la religión. Pero esta distinción no convence, en cuanto que un mundo sin Dios es ya un mundo contra Dios. Excluir a Dios, aunque no se le combata, significa construir un mundo sin referencias a Él.

Por este motivo, el político católico no puede admitir ni colaborar con el laicismo entendido como neutralidad, porque verá trabajar a una nueva razón del estado que, perjudicando la religión, se hará daño también a sí misma. El político católico se opondrá, sea por razones religiosas, de las que no se puede separar, sea por razones políticas, es decir para impedir que nazca una nueva religión del estado perjudicial para la libertad de las personas.




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* Monseñor Giampaolo Crepaldi es arzobispo de Trieste, presidente de la Comisión “Caritas in veritate” del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (CCEE) y presidente del Observatorio Internacional “Cardenal Van Thuan” sobre Doctrina Social de la Iglesia.


[Traducido del italiano por Carmen Álvarez]



miércoles, 12 de enero de 2011

En la OSCE, contra la Intolerancia y la Discriminación Anticristianas - Massimo Introvigne

En la OSCE, contra la Intolerancia y la Discriminación Anticristianas
Massimo Introvigne


ROMA, martes 11 de enero de 2011 (ZENIT.org).- Mientras me dispongo a asumir esta semana las funciones de Representante de la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa) “para la lucha contra el racismo, la xenofobia y la discriminación, con una atención particular a la discriminación contra los cristianos y los miembros de otras religiones”, estoy muy agradecido al Papa por haber indicado, en su discurso del 10 de enero al Cuerpo Diplomático, también a las organizaciones internacionales – entre ellas, por tanto, a la OSCE, definida en el reciente informe anual de Ayuda a la Iglesia Necesitada sobre libertad religiosa como la organización más importante en el mundo después de las Naciones Unidas en el campo de los derechos humanos – una agenda precisa. Dentro de los límites de mis posibilidades y capacidades, y de la necesaria coordinación con los demás órganos y representantes de la OSCE, intentaré hacer mía esta agenda.

El Papa ha indicado cinco riesgos para la libertad religiosa. El primero se refiere a un posible equívoco sobre qué es exactamente la libertad religiosa. Recordando su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2011, el Papa alude a discusiones que existen también dentro de la Iglesia católica sobre la interpretación correcta de la declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae del Concilio Ecuménico Vaticano II, recordada repetidamente también en el discurso del 10 de enero. Ha habido un ejemplo de ello en las reacciones al anuncio del nuevo encuentro de Asís. La libertad religiosa ha sido confundida a menudo con el relativismo, es decir, con la tesis de que no existe una verdad religiosa y de que la elección de una religión o de otra es más o menos indiferente. Sin embargo, como Benedicto XVI ha recordado en la encíclica Caritas in veritate en el n. 55, “la libertad religiosa no significa indiferentismo religioso y no conlleva que todas las religiones sean iguales”.

¿Se trata de una cuestión solamente teórica?. Ciertamente no. En efecto, el temor a que la libertad de religión traiga consigo un relativismo y una minusvaloración del papel de las religiones típicos del Occidente moderno es la primera razón por la que un país con una fuerte identidad religiosa islámica, hindú o budista se resiste a la aplicación de las convenciones internacionales en materia de libertad religiosa. Estos temen que aceptar la libertad religiosa signifique necesariamente ceder al relativismo y al indiferentismo típicos de una cierta cultura occidental moderna. Deben convencerse de que no es así, y que “libertad religiosa” y denuncia de la que el Papa llama “dictadura del relativismo” pueden y deben coexistir, como ilustra precisamente el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2011.

El segundo riesgo es el del intento del islam ultra-fundamentalista de poner fin a la existencia bimilenaria de comunidades cristianas en el Cercano Oriente, recurriendo incluso al terrorismo. En algunos países el intento de una limpieza étnica que elimine definitivamente a los cristianos es ya totalmente evidente. Los gobiernos, es cierto, se distancian de los ultra-fundamentalistas, y sería erróneo confundir el islam ultra-fundamentalista con el islam en general. Pero el tiempo de las palabras que no se traducen en hechos ha terminado. Se necesitan, afirma el Papa, “medidas eficaces para la protección de las minorías religiosas”.

Tampoco se trata sólo de un problema de policía, cuya acción en países como Egipto es con todo muy importante y debe llevar a cabo un salto de calidad si quiere alcanzar resultados no ficticios. Se trata también de las leyes, que en muchos países de mayoría islámica reducen la libertad religiosa solamente a la libertad de culto. Los cristianos – no en todas partes – pueden libremente celebrar sus ritos encerrados en la iglesia, pero no pueden salir de las iglesias y de las sacristías para anunciar el Evangelio. Si después alguien se convierte del islam al cristianismo, es castigado por las leyes contra la apostasía y – allí donde estas leyes han sido abrogadas por presión occidental – por normas contra la blasfemia, que a menudo son leyes contra las conversiones enmascaradas. El Papa recuerda que “la libertad religiosa no se aplica plenamente allí donde solamente se garantiza la libertad de culto, las más de las veces con limitaciones”. De modo muy explícito, afirma también que “entre las normas que lesionan el derecho de las personas a la libertad religiosa, merece una mención especial la ley contra la blasfemia en Pakistán: Animo de nuevo a las autoridades de ese País a realizar los esfuerzos necesarios para abrogarla, tanto más cuanto es evidente que sirve de pretexto para cometer injusticias y violencias contra las minorías religiosas”.

El tercer riesgo – a menudo poco conocido o minusvalorado – lo constituyen las agresiones contra los cristianos por parte de “fundamentalistas” hindúes o budistas, que identifican la identidad nacional de sus países con una identidad religiosa, defendida de modos incluso violentos contra el cristianismo. Son las que el Papa llama “situaciones preocupantes, a veces violentas, en el Sur y Sureste del continente asiático, en países que tienen por otra parte una tradición de relaciones sociales pacíficas. El peso particular de una determinada religión en una nación jamás debería implicar la discriminación en la vida social de los ciudadanos que pertenecen a otra confesión o, peor aún, que se consienta la violencia contra ellos”.

El cuarto riesgo lo constituye el hecho, aunque muchos quisieran olvidarlo, de que existen aún regímenes comunistas. “En diversos países – afirma el Papa con evidentes alusiones a estos regímenes - en que la Constitución reconoce una cierta libertad religiosa, la vida de las comunidades religiosas se hace, de hecho, difícil y a veces incluso insegura (cf. Conc. Vat. II, Decl. Dignitatis Humanae, 15), ya que el ordenamiento jurídico o social se inspira en sistemas filosóficos y políticos que postulan un estricto control, por no decir un monopolio, del Estado sobre la sociedad”. El pensamiento del Papa, así, “vuelve de nuevo a las comunidades católicas de China continental y a sus Pastores, que viven un momento de dificultad y de prueba”. No se trata del único caso, basta pensar por ejemplo en el drama ampliamente olvidado de los cristianos en Corea del Norte.

El quinto riesgo lo representa la que el Papa, en el discurso a la Curia Romana del 20 de diciembre de 2010, haciendo suya una expresión acuñada por el ilustre jurista hebreo estadounidense de origen sudafricano Joseph Weiler, ha llamado la “cristianofobia” de Occidente. “Dirigiendo nuestra mirada de Oriente a Occidente, nos encontramos frente a otros tipos de amenazas contra el pleno ejercicio de la libertad religiosa. Pienso, en primer lugar, en los países que conceden una gran importancia al pluralismo y la tolerancia, pero donde la religión sufre una marginación creciente. Se tiende a considerar la religión, toda religión, como un factor sin importancia, extraño a la sociedad moderna o incluso desestabilizador, y se busca por diversos medios impedir su influencia en la vida social. Se llega así a exigir que los cristianos ejerzan su profesión sin referencia a sus convicciones religiosas o morales, e incluso en contradicción con ellas, como, por ejemplo, allí donde están en vigor leyes que limitan el derecho a la objeción de conciencia de los profesionales sanitarios o de algunos profesionales del derecho”, particularmente en la cuestión del “aborto”.

“Otra manifestación de marginación de la religión y, en particular, del cristianismo – añadía el Papa –, consiste en desterrar de la vida pública fiestas y símbolos religiosos, por respeto a los que pertenecen a otras religiones o no creen. De esta manera, no sólo se limita el derecho de los creyentes a la expresión pública de su fe, sino que se cortan las raíces culturales que alimentan la identidad profunda y la cohesión social de muchas naciones”. También aquí, el Papa no se limitó a los principios generales, sino que hizo una referencia precisa a la sentencia Lautsi del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, que quisiera prohibir la exposición del crucifijo en las escuelas italianas, alabando a quienes luchan para que se quiten los infaustos e injustos efectos de esa sentencia. “El año pasado – dijo Benedicto XVI – algunos países europeos se unieron al recurso del Gobierno italiano en la famosa causa de la exposición del crucifijo en los lugares públicos. Deseo expresar mi gratitud a las autoridades de esas naciones, así como a todos los que se han empeñado en este sentido”.

La “cristianofobia” se manifiesta también en las amenazas a la libertad de educación y en la aversión administrativa a las escuelas católicas. Tampoco se puede, dijo el Papa, “dejar de mencionar otra amenaza a la libertad religiosa de las familias en algunos países europeos, allí donde se ha impuesto la participación a cursos de educación sexual o cívica que transmiten una concepción de la persona y de la vida pretendidamente neutra, pero que en realidad reflejan una antropología contraria a la fe y a la justa razón”.

Como nuevo Representante de la OSCE, presto oídos particularmente al llamamiento a la actividad de las “Organizaciones Internacionales intergubernamentales”, a las que el Papa pide reafirmar, “en primer lugar, está la convicción de que no se puede crear una especie de escala en la gravedad de la intolerancia contra las religiones. Desgraciadamente, una actitud semejante es frecuente, y los actos discriminatorios contra los cristianos son considerados precisamente como menos graves, menos dignos de atención por parte de los Gobiernos y de la opinión pública. Al mismo tiempo, se debe rechazar también el peligroso contraste que algunos quieren establecer entre el derecho a la libertad religiosa y los demás derechos del hombre, olvidando o negando así el papel central que el respeto de la libertad religiosa tiene en la defensa y protección de la alta dignidad del hombre. Todavía menos justificables son los intentos de oponer al derecho a la libertad religiosa unos derechos pretendidamente nuevos, promovidos activamente por ciertos sectores de la sociedad e incluidos en las legislaciones nacionales o en directivas internacionales, pero que no son, en realidad, más que la expresión de deseos egoístas que no encuentran fundamento en la auténtica naturaleza humana. Por último, es necesario afirmar que no es suficiente una proclamación abstracta de la libertad religiosa: esta norma fundamental de la vida social debe ser aplicada y respetada en todos los niveles y ámbitos; de otra manera, a pesar de justas afirmaciones de principio, se corre el riesgo de cometer profundas injusticias contra los ciudadanos que desean profesar y practicar libremente su fe”.

El hecho de que la OSCE haya instituido la oficina de un Representante para la lucha contra la discriminación de los cristianos, que se coloca junto a las de los dos Representantes para la lucha contra el antisemitismo y contra la islamofobia, representa un éxito de la diplomacia de la Santa Sede y de gobiernos, como el actual gobierno italiano, que la han secundado inteligentemente. Dicho con toda franqueza, el nombramiento de un católico italiano como el que suscribe para este papel de Representante constituye otro éxito de dichas diplomacias. Las dificultades y las oposiciones, naturalmente, no faltarán, y en tiempos de crisis económica los recursos de las organizaciones internacionales están severamente limitados. La agenda indicada por el Papa, sin embargo, es realista y precisa. Debería parecer razonable no sólo a los católicos, sino a todas las personas de buena voluntad. Se trata ahora de realizarla.


[Traducción del italiano por Inma Álvarez]



martes, 11 de enero de 2011

Religión no es problema ni factor de conflicto para sociedad, dice el Papa Benedicto

Religión no es problema ni factor de conflicto para sociedad, dice el Papa Benedicto


VATICANO, 10 Ene. 11 (ACI).- Al referirse a la situación de la libertad religiosa en Occidente, el Papa Benedicto XVI dijo que "la religión no constituye un problema para la sociedad, no es un factor de perturbación o de conflicto".

Así lo indicó el Santo Padre en su tradicional discurso anual al Cuerpo Diplomático esta mañana en el Vaticano, ante quienes resaltó que la Iglesia Católica "no busca privilegios, ni quiere intervenir en cuestiones extrañas a su misión, sino simplemente cumplirla con libertad. Invito a cada uno a reconocer la gran lección de la historia".

"En este sentido, la figura de la Beata Madre Teresa de Calcuta es emblemática: el centenario de su nacimiento se ha celebrado en Tirana, en Skopje, en Pristina, así como en India; le han rendido un vibrante homenaje, no sólo la Iglesia, sino también las autoridades civiles y los jefes religiosos, sin contar personas de todas las confesiones. Ejemplos como el suyo muestran al mundo cuánto puede beneficiar a la sociedad el compromiso que nace de la fe".

El Papa exhortó luego a que "ninguna sociedad humana se prive voluntariamente de la contribución fundamental que constituyen las personas y las comunidades religiosas. Como recuerda el Concilio Vaticano II, la sociedad, asegurando plenamente a todos la justa libertad religiosa, podrá así gozar 'de los bienes de la justicia y de la paz que dimanan de la fidelidad de los hombres a Dios y a su santa voluntad' ".


Religión es esencial en la vida pública

El Papa advirtió luego que diversos países de Occidente conceden una "gran importancia al pluralismo y la tolerancia, pero donde la religión sufre una marginación creciente. Se tiende a considerar la religión, toda religión, como un factor sin importancia, extraño a la sociedad moderna o incluso desestabilizador, y se busca por diversos medios impedir su influencia en la vida social".

"Se llega así a exigir que los cristianos ejerzan su profesión sin referencia a sus convicciones religiosas o morales, e incluso en contradicción con ellas, como, por ejemplo, allí donde están en vigor leyes que limitan el derecho a la objeción de conciencia de los profesionales sanitarios o de algunos profesionales del derecho".

Otra manifestación de marginación de la religión y, en particular, del cristianismo, dijo luego el Santo Padre, "consiste en desterrar de la vida pública fiestas y símbolos religiosos, por respeto a los que pertenecen a otras religiones o no creen. De esta manera, no sólo se limita el derecho de los creyentes a la expresión pública de su fe, sino que se cortan las raíces culturales que alimentan la identidad profunda y la cohesión social de muchas naciones".

"Reconocer la libertad religiosa significa, además, garantizar que las comunidades religiosas puedan trabajar libremente en la sociedad, con iniciativas en el ámbito social, caritativo o educativo. Por otra parte, se puede constatar por todo el mundo la fecunda labor de la Iglesia católica en estos ámbitos".

Es preocupante, continuó el Papa, "que este servicio que las comunidades religiosas ofrecen a toda la sociedad, en particular mediante la educación de las jóvenes generaciones, sea puesto en peligro u obstaculizado por proyectos de ley que amenazan con crear una especie de monopolio estatal en materia escolástica, como se puede constatar por ejemplo en algunos países de América Latina".

"Continuando mi reflexión, no puedo dejar de mencionar otra amenaza a la libertad religiosa de las familias en algunos países europeos, allí donde se ha impuesto la participación a cursos de educación sexual o cívica que transmiten una concepción de la persona y de la vida pretendidamente neutra, pero que en realidad reflejan una antropología contraria a la fe y a la justa razón".

"Todavía menos justificables son los intentos de oponer al derecho a la libertad religiosa unos derechos pretendidamente nuevos, promovidos activamente por ciertos sectores de la sociedad e incluidos en las legislaciones nacionales o en directivas internacionales, pero que no son, en realidad, más que la expresión de deseos egoístas que no encuentran fundamento en la auténtica naturaleza humana".

"Por eso, mientras formulo votos para que este nuevo año sea rico en concordia y en un progreso real, exhorto a todos, responsables políticos, jefes religiosos y personas de toda clase, a emprender con determinación el camino hacia una paz auténtica y estable, que pase por el respeto del derecho a la libertad religiosa en toda su amplitud", concluyó.


Para leer el discurso completo ingrese a:



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