domingo, 6 de febrero de 2011

Laicismo beligerante anticristiano

Laicismo beligerante anticristiano


Oviedo (España), 3 Feb. 11 (AICA).- “Uno se pregunta con extrañeza por qué hay patente de corso en la exclusión del hecho religioso en general y del cristianismo en particular. La impunidad con la que los intolerantes imponen su censura a veces con violencia, en algunos casos tiene una pátina de legalidad, de razones de seguridad, de apoyo a las minorías, en cuyos eufemismos se esconde la política de desgaste a la presencia cristiana, la estrategia de confusión para diluir el hecho religioso o el maquillado con el que grupos políticos, culturales y mediáticos tratan de destruir al cristianismo”. Este es un párrafo de la carta pastoral que Mons. Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo, envió a sus fieles, y cuyo texto es el siguiente:


“Laicismo anticristiano”

Hace unos días se presentó un Informe sobre la Libertad Religiosa, que realiza la importante organización católica “Ayuda a la Iglesia necesitada” que fundó el P. Werenfried van Straaten en 1947, para ayudar pastoralmente a las comunidades cristianas que tienen diversas necesidades o que sufren persecución en cualquier parte del mundo.

Su director en España, Javier Menéndez Ros, acaba de asegurar que la situación ha empeorado en estos dos últimos años. Aduce que esta tendencia agresiva obedece, por una parte, a que hay una radicalización de una parte del mundo islámico, y por otra, a la llamada cristianofobia del laicismo beligerante y la barata facilidad con la que la Iglesia es sometida a befa y mofa en el entorno de los países de Occidente.

En el mapa de la intolerancia religiosa que este informe dibuja con preocupante realismo y precisión, se indica que en el mundo hay más de 350 millones de personas creyentes que son discriminadas e incluso perseguidas y asesinadas por el delito de profesar su fe en Dios.

Ante el incomprensible silencio frente al genocidio religioso que en mayor o menor escala se factura en lugares como China, India, Paquistán o Irak con datos terribles de intolerancia, se constata que son zonas en donde se observa el rápido crecimiento del extremismo religioso de corte islámico verdaderamente virulento y cruel.

Uno se pregunta con extrañeza por qué hay patente de corso en esa exclusión del hecho religioso en general y del cristiano y eclesial en particular. La impunidad con la que los intolerantes imponen su censura a veces con violencia, en algunos casos tiene una pátina de legalidad, de razones de seguridad, de apoyo a las minorías, en cuyos eufemismos se esconde la política de desgaste hacia la presencia cristiana, la estrategia de confusión para diluir el hecho religioso o el maquillado complejo con los que posiciones políticas, culturales y mediáticas tratan de atacar y destruir al cristianismo.

No son casuales los hechos por parte de unos pocos paniaguados que se dedican a la extorsión, al ataque, a la violencia para excluir la expresión pública de la fe. Lo hemos lamentado ante el tratamiento de las palabras del Papa en sus viajes apostólicos, en la censura de la presencia cristiana en algunos ámbitos de la sociedad como la universidad tal y como ha sucedido con la misa en la Universidad de Barcelona a la que hay que asistir con protección o la conferencia suspendida del cardenal Rouco en la Universidad Autónoma de Madrid.

Tristemente es la mejor verificación de las palabras de Benedicto XVI en su reciente viaje a España: “El enfrentamiento entre fe y modernidad, ambos muy vivaces, se realiza hoy nuevamente en España: por eso, para el futuro de la fe y del encuentro —no desencuentro, sino encuentro— entre fe y laicidad, tiene un foco central también en la cultura española”.

En la presentación del informe sobre la libertad religiosa antes aludido, intervino también el padre salesiano Miguel Ángel Ruiz, que trabaja en Pakistán, para citar oportunamente las palabras que el Papa Benedicto XVI pronunció en su visita apostólica al Reino Unido, la víspera de la beatificación del Cardenal Newman: “En nuestro tiempo el precio que hay que pagar por la fidelidad al Evangelio ya no es ser ahorcado, descoyuntado y descuartizado, sino que a menudo implica ser excluido, ridiculizado y parodiado”.

Es un juicio certero del momento apasionante en el que nuestra generación cristiana tiene que dar testimonio de su fe, amando a Dios y todo lo que Dios ama, frente a los que odian la gloria de Dios y odian la libertad del hombre.



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